sábado, 6 de junio de 2009

El muchacho del corazón de hielo.

Hace un tiempo atrás, encontré en mi camino un muchacho que si bien lo tenía todo, me confeso, que no sabía amar. Estaba rodeado de amigos, el éxito lo perseguía, su nombre era mencionado con respeto, pero no sabía amar.
Nunca le importó demasiado, podía respirar tranquilamente, podía ir de aquí para allá, aunque no supiera amar.
Hasta que un día se topo con ella, que tampoco sabia mucho de eso de amar. Sin embargo, su corazón estaba repleto de amor, era tan tibio como el sol de primavera, la dulzura la caracterizaba, su sonrisa lo curaba todo y su mirada todo lo encantaba.
Y así paso, se cruzaron y el muchacho no supo que hacer. Sintió que ya no podía respirar, que su corazón latía tan rápido que parecía explotar. Vino corriendo y me dijo: “he estado en feroces batallas, enfrentado enemigos casi invencibles, he conquistado muchos territorios, pero nunca supe eso de amar”.
Vi en sus ojos la necesidad de que le de una respuesta, una solución a un problema que creia difícil de resolver, no sé si le sirvió en aquel momento lo que le dije, sólo recuerdo que le mencione: “sólo déjate llevar, el amor siempre estuvo en ti aunque pienses que nunca supiste amar”. “El amor es la base de la vida, es la fuerza que te llevo a salir relumbrante en cada batalla, la fuerza que te hizo desafiar tus propios miedos frente a cada adversario, la fuerza que te trajo hoy aquí, preocupado por quererla amar”.
Me contaron que tiempo más tarde, vieron pasar al muchacho ya sin el corazón de hielo, tomando de la mano a una hermosa niña que todo lo teñía de colores.
Ahora entiendo que no hay respuesta más acertada que dejarse amar, abrir el corazón e ir por más, sin miedos de los dragones a los que uno tenga que desafiar.
Natalia

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